RESUMEN
Se presenta la segunda parte de la historia de un español
nacido en la región de Andalucía (1782-1850) que quiso
un mejor destino que el de agricultor como lo hubo sido
su padre. Fue seminarista en Málaga y colegial del
reputado Real Colegio de Medicina de Cádiz para
cirujanos y médicos de la Armada de donde egresó luego
de seis años de estudio como Bachiller en Filosofía. El
destino le trajo al Río de la Plata acompañando al Virrey
Baltasar Hidalgo de Cisneros afincándose en la ciudad
portuaria de Montevideo. Aquí formó vasta familia, fue un
reputado facultativo al punto de ser designado por el
Cabildo para el Hospital de Caridad y la Casa de Niños
Exsitos; asesor en materia forense (“médico de
Ciudad”) y autor de la primera tesis conocida e impresa
en folleto sobre la enfermedad transmitida por cánidos, la
Rabia. Con la cual obtuvo el título de Doctor en Medicina
de la Universidad de Buenos Aires. Así, puede ser
considerado por su documentada formación científica y
su ejercicio profesional como un médico de grado
académico que ejerció en Montevideo hasta el arribo del
oriental Teodoro Miguel Vilardebó.
PALABRAS CLAVE: Medicina/Historia, Rabia
SUMMARY
It is presented the second part the story of a Spanish
man, born in the region of Andalucía (1782-1850), who
wanted a better destiny than his father's, who had been a
farmer. He was a seminarian in Málaga and a student at
the renowned Royal College of Medicine in Cádiz for
Navy surgeons and physicians; where he graduated after
six years of study, as a Bachelor in Philosophy. Destiny
brought him to the Río de la Plata, accompanying Viceroy
Baltasar Hidalgo de Cisneros and settled in the port city
of Montevideo. He formed a large family here, and
became a distinguished physician, to such an extent that
he was appointed by the Town Council for the Charity
Hospital and the House for Foundlings; a forensic
counsellor (“City Physician”) and the author of the first
known thesis, printed in the manner of a brochure, about
the disease transmitted by dogs, Rabies. With this thesis,
he achieved the degree of Doctor in Medicine at the
University of Buenos Aires. Therefore, he can be
considered, according to his documented scientific
training and professional exercise, as an academic
degree physician who carried out his practice in
Montevideo, until the arrival of the Uruguayan Teodoro
Miguel Vilardebó.
KEY WORDS: Medicine/History, Rabies.
Su Tesis de Doctorado “La Rabia”
(Buenos Aires, 1830)
Juan Gutiérrez Moreno, con grado de Bachiller
(Licenciado) pero no de Doctor (Profesor de Medicina),
viajó a Buenos Aires donde existía Universidad, que no
en Montevideo. Se presentó ante el Tribunal de
Medicina y allí defendió su Thesis obteniendo el grado
doctoral. El Tribunal estuvo integrado por el Licenciado
Justo García Valdés, que lo presidió; el doctor Cristóbal
Martín de Montúfar y el Licenciado Salvio [no Silvio]
Gaffarot como conjueces. Juró ante ellos hacer uso legal
de su ciencia, asistir gratuitamente a los pobres de
solemnidad y sujetarse a lo que dispusiera el Tribunal de
Medicina. El diploma del Tribunal lleva fecha 2 de octubre
de 1830.
HISTORIA DE LA MEDICINA
Recibido: Setiembre 2016
Aceptado: Noviembre 2016
Correspondencia: 21 de setiembre 2713 CP.11300, Montevideo, Uruguay Tel.: (+598)27101418
E-mail: asoiza@adinet.com.uy
Salud Militar 2016; 35(2):54-69
El egresado del Colegio de Medicina de Cádiz
Juan Gutiérrez Moreno (1782 -1850) Segunda Parte
Doi:http://dx.doi.org/10.35954/SM2016.35.2.8
Licenciado y médico académico en la época colonial en Montevideo Autor de la
primera tesis médica sobre la rabia en el Río de la Plata
Dr. Augusto Soiza Larrosa
Miembro de la Sociedad Uruguaya de Historia de la Medicina
Miembro del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay
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Salud Militar 2016; 35(2):54-69
En un segundo diploma que a su vez le expidió la
Universidad de Buenos Aires, consta que “ganó los
cursos necesarios tanto en las facultades preparatorias
como en la mayor de Medicina [seguramente referencia
a Málaga y Cádiz] y por último haber rendido los
exámenes respectivos y demás ejercicios literarios con
aprobación de los examinadores tuvimos a bien acceder
a la súplica que nos hizo de que le proporcionáramos el
Grado de Doctor en Medicina como lo promovimos el
16 de octubre del presente año en la Sala de Doctores
donde prestó el solemne juramento de mantener la
libertad e independencia de las Provincias Unidas del
Río de la Plata según consta en el Libro de Grados”. El
certificado llevó la firma del Rector de la Universidad de
Buenos Aires, Presbítero Dr. Santiago Figueredo, año de
1830. El título ganado en Buenos Aires fue inscripto en la
Junta de Higiene Pública de Montevideo recién el 25 de
febrero de 1839. Los diplomas otorgados están
agregados en la edición de las “Memorias” del médico
editadas por Margarita Bayarres.
Su tesis doctoral (1) es una curiosidad por el escaso
conocimiento que ha tenido entre nosotros ese trabajo, el
tercero cronológicamente sobre la rabia de autoría
médica. Le antecedieron la Memoria manuscrita del
Teniente de Protomédico Cristóbal Martín de Montúfar,
que fue una noticia enviada a su superior, el Protomédico
Miguel O'Gorman (1808) (2), dándole cuenta del estado
de la zoonosis en Montevideo (7 casos propios y 2
comunicados). En segundo lugar la noticia periodística
del Licenciado Justo García, Valdés, 8 casos (1810) (3).
Pero es la primera tesis en folleto impreso sobre la
rabia en el Río de la Plata de que se tenga noticia. Y el
segundo folleto de la bibliografía médica de origen
montevideano si consideramos como primero la
tesis de Teodoro Vilardebó sobre las hemorragias
traumáticas (París, 1830). Pero la tesis de Gutiérrez
Moreno es auténticamente nacional pues recoge
aunque mínimamente su experiencia en el Hospital de
Caridad montevideano y fue escrita en Montevideo, no
en París, aunque impresa en Buenos Aires. Lo que le
daría el justo lugar de ser el primer impreso de nuestra
bibliografía médica. En susMemorias Gutiérrez
Moreno no menciona el viaje a Buenos Aires ni su
intención de lograr el grado de Doctor.
Fig.1 Diploma de Doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires (1830)
El egresado del Colegio de Medicina de Cádiz
Juan Gutiérrez Moreno (1782 - 1850)
Tal vez como dijo en su testamento, eran meros apuntes
y documentos para dar cuenta de sus “bienes y créditos”
con destino familiar, no interesando los asuntos
académicos. En cambio el viaje lo refiere Miguel Angel
Jaureguy en su documentado libro sobre el Hospital de
Caridad al consignar que “Mucho más tarde, diez años
después [de que el Cabildo de Montevideo accediera a
regular su salario por Conservador y Administrador de la
vacuna], en setiembre de 1830 pide a la Junta
[Gubernativa del Hospital de Caridad] le reemplace por
el profesor Alejandro Carreté (Juan Bautista Carreté,
compañero de estudios parisinos de Vilardebó,
ejerciendo por entonces en Montevideo) porque en
noviembre se va para Buenos Aires para laurearse
en el grado de Doctor en Medicina y recibir el título
competente de habilitación por aquel tribunal facultativo
del Protomedicato” (4). Recordemos que no existía en la
Provincia Oriental una Escuela de Medicina, como sí la
había en Buenos Aires desde el Edicto del 9 de agosto de
1821, que erigió la Universidad con su correspondiente
Departamento (sic) de Medicina.
Es evidente que Gutiérrez Moreno no cursó estudios
curriculares en el Departamento de Medicina de
aquella Universidad, sino que tan sólo pidió ser
examinado, exhibiendo su certificado de “Bachiller” de
1808, que acreditaba sus años de estudios superiores en
la península, y haciendo valer sus antecedentes como
“cirujano de la Armada de su Majestad” arribado al puerto
de Montevideo y su designación como “cirujano del
Apostadero de Marina”. Presentó así su tesis escrita en
Montevideo y la defendió ante el tribunal de
“facultativos”.
La tesis es un folleto de 14 páginas a dos columnas con
dedicatoria “A mi especial amigo Dr. D. Juan Antonio
Fernández” (Salta, 1786-Buenos Aires, 1855). Juan
Antonio Fernández recibió el grado de médico en la Real
Universidad de San Marcos, Lima, en 1812, tras lo cual
viajó a España. Pero regresó a América, más
conc r etame n t e a Mo n tevide o e n el Cuer p o
Expedicionario der 2600 hombres comandado por el
general Gaspar Vigodet en agosto de 1813 para reforzar
la guarnición española. En Montevideo trabaron amistad
ambos médicos, que ejercieron durante el sitio de la
ciudad por las tropas de Buenos Aires, durante el cual
hubo hambruna, sed y epidemia.
Un ejemplar de la tesis, proveniente de la colección de
tesis de Marcial Candiotti se encuentra en la Biblioteca
Nacional de Buenos Aires, en la sala que conserva
obras raras y valiosas (Sala del Tesoro) bajo la referencia
3A232210. Un segundo ejemplar se encuentra en
Montevideo según la anotación hecha por el propio
Marcial Candiotti al pie de su transcripción mecano-
grafiada y registra Dardo Estrada (5).
La tesis fue impresa en Buenos Aires en la Imprenta
Republicana. La existencia de esta imprenta en Buenos
Aires ha sido datada a partir de 1834. No obstante, es
evidente su existencia al menos desde 1830, pues otros
papeles salieron de su prensa como El Clasificador o el
Nuevo Tribuno, El Torito de los Muchachos (un periódico
político-sarico), La Argentina, y la tesis de Juan
Gutiérrez Moreno. La Imprenta Republicana estaba en la
calle de Suipacha 19 (6).
Publicación de la DNSFFAA
Fig.2 Tesis sobre la rabia (copia mecanografiada)
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Los perros cimarrones y la rabia
En su tesis, que ha sido citada como ejemplo del saber
médico en el Buenos Aires de la primera mitad del siglo
XIX (7), aunque más bien de Montevideo, Juan Gutiérrez
Moreno abordó un problema grave que afectaba sobre
todo a los pobladores del medio rural. Proliferaban los
cánidos transmisores del virus rábico, identificados en
esta región de América por su estado semisalvaje como
perros cimarrones. Los perros cimarrones o silvestres
fueron una plaga de nuestras praderas, asolando
haciendas y hombres por s de dos siglos. No
solamente por la depredación de las haciendas, sobre
todo las crías por su terneza, sino además por ser
transmisores de la rabia, que se conservó en su forma
silvestre.
Fig.3 Copia de la tesis por Marcial Candiotti
El egresado del Colegio de Medicina de Cádiz
Juan Gutiérrez Moreno (1782 - 1850)
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Publicación de la DNSFFAA
Según los documentos conocidos, los primeros perros
llegados al Río de la Plata de origen europeo hispánico,
habrían sido desembarcados en puerto de San Lázaro,
topónimo hoy inexistente y que estaría en el actual
territorio del Departamento de Colonia, Uruguay. La
noticia consta en la carta de Luis Ramírez, uno de los
expedicionarios que acompañaron a Sebastián Gaboto y
que quedaron en aquel puerto entre el 6 de abril y el 28 de
agosto de 1527. Pasaron dice Ramírez - “enfenitos
trabajos de hambre… de dos perros que allí teníamos
nos convino matar uno y comerle” (8).
Dice Natalio Abel Vadell que es muy difícil determinar,
con los datos existentes, cuando aparecieron por
primera vez los perros cimarrones en la campaña del Río
de la Plata, pero no hay duda que ello ha sido en épocas
muy lejanas, haciéndose más terrible los efectos de la
plaga en las últimas décadas del siglo XVII. Se ha tratado
al parecer de perros domésticos que por abandono de
sus dueños o por otra circunstancia desconocida para
nosotros han vuelto al estado salvaje favorecidos en
ambas márgenes del río histórico por una naturaleza
pródiga de alimentos para un hambre devoradora, y de
escondrijos y rincones que los ponían a cubierto de todo
peligro inmediato. Han tenido esos perros la audacia y la
ferocidad de los lobos europeos y hasta se cuenta de
ellos que en las domas de potros rodeaban a los jinetes
dispuestos a devorarlos si tenían la poca suerte de caer
de su cabalgadura. Mezcla de distintas razas, no han
formado estos perros una especie determinada, y la
única clasificación que de ellos hicieron los hombres de
su época fue la de grandes y chicos, necesaria para fijar
el precio de sus colas, pues se procuraba su exterminio
con el interés de una ganancia que se establecía por
aquellas (9). lix de Azara se rerió a “perros
domésticos transportados desde España” (10).
La agresividad de esos animales era mucha. El abate
Louis Feuillée recuerda, según Aníbal Barrios Pintos en
su “Journal des Observations Phisiques, Mathematiques
et Botaniques” que en noviembre de 1778, un marinero
que cargaba un ternerito recién capturado para alimento,
se vio rodeado de una banda de perros salvajes, que le
habrían devorado si tan felizmente para él, sus
compañeros llegaran oportunamente y los corrieran a
golpes de fusil.
El virus rábico encontró terreno fértil para anidarse en
esas jaurías salvajes. El asunto merec medidas
drásticas. Según Barrios Pintos, el gobernador de
Montevideo, Javier de Elío emitió un bando el 2 de
noviembre de 1807, imponiendo a los Comandantes
militares, Alcaldes y Jueces Comisionados de la Banda
Oriental del Río Uruguay, que “desde el 18 inclusive de
dicho mes se efectuará una corrida general de perros en
cada partido que ha de durar continuamente los días
necesarios hasta concluir perfectamente la operación a
la que ha de concurrir sin falta….” (10). Se imponía
además la concurrencia de los vecinos hacendados con
sus negros, peones y demás individuos que tuviere en su
casa o estancia, los pulperos costeando cada uno cuatro
peones montados y lo mismo todo aquel que se
encuentre “de agregado”. El motivo era la expansión de
la epidemia de rabia, y que según el mismo bando “de
sus resultas han muerto en ella rabiando ocho personas
y algunos animales mordidos por aquellos”.
En 1815, el Presbítero oriental Dámaso Larrañaga, en
viaje de Montevideo a Paysandú hizo referencia por dos
veces en su Diario a la rabia, a los perros salvajes y al
origen de la enfermedad (11). “Nuestro mayor cuidado
[al acostarse en el suelo] era atar bien los cueros que
servían de parapeto, ya no tanto por el frío cuanto por
temor de los perros rabiosos de que por nuestra
desgracia hay muchos en esta campaña y acaban de
matar uno en este mismo día que vino a los ranchos. Esta
plaga la experimentamos desde la guerra última de los
ingleses”. Los vecinos le advirtieron de los muchos
perros rabiosos en la comarca. El propio Larrañaga vio
dos perros muertos en dos postas diferentes, y decidió
ilustrar a sus hospederos con algunos métodos de
tratamiento del mal, que seguramente había extraído de
sus lecturas. Inmediatamente que se sintiesen
mordidos, tratasen de dilacerar la herida, cuidando de no
dejarla cerrar, auxiliándose de algún cáustico, aunque
fuese con un hierro caldeado, pues ésta es la única e
infalible medicina para la hidrofobia o rabia. También les
hablé de algunas yerbas que recomienda últimamente el
señor Cavanilles en sus Anales”
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citando la “borraja cimarrona” (Echiim vulgare), la
“anagálide roja” y el “cardo corredor o cardancha”, que
aunque no europeo, tendría similares virtudes. Todas
estas plantas, secas, debían ser pulverizadas y
aspiradas como “dos narigadas por dos veces en diez o
doce días”, asegurando el señor Cavanilles haber
obtenido curas prodigiosas. El propio presbítero
comprobó el efecto beneficioso en un paisano mordido,
pero sin asegurar que la cura se debiera a la botánica,
pues ya se había sometido a innumerables remedios.
Larrañaga seguramente se refiere a Antonio José
Cavanilles (Valencia, 1745, Madrid, 1804), prestigioso
botánico, y a su obra en seis volúmenes Icones et
Descriptiones Plantarum (1791-1801) sobre la flora
española pero también americana, según los
especímenes colectados por las expediciones
españoles, entre ellas la de Alejandro Malaspina (12).
Origen de la rabia
La rabia apareció en el Río de la Plata coincidiendo con
las invasiones británicas (la de 1806 o 1807 no puede
asegurarse) pues no se conocía bajo la dominación
hispánica ni en los perros cimarrones. Según Félix de
Azara, “Hay perros que aunque nacidos en una casa de
campo, no se apegan a su lugar de nacimiento ni a las
personas que las han criado, siguen a los que pasan o al
primero que se les presenta, a quienes abandonan con la
misma facilidad; y a veces van a unirse con los perros
cimarrones de que hay una infinidad desde los 39
grados de latitud hacia el sur. Ningún perro está sujeto
a la rabia o hidrofobia enfermedad desconocida en
América”. Azara fue Comandante de la Expedición
Demarcadora de mites Española en la sección
correspondiente al Paraguay entre 1789 y 1801 (10). Los
sporting dogs o perros de caza de los oficiales británicos,
desembarcados en las costas montevideanas,
manteniendo en incubación el virus (más de 90 días)
habrían sido los responsables. El periódico bonaerense
La Abeja Argentina (1822-1823) reriéndose a la
enfermedad decía en 1822 “era desconocida en este
pais hasta el año de 1807 en que la expedición inglesa
comandada por Sir Samuel Achmuty desembarcó en
Montevideo. Muy probablemente algún perro de los que
vinieron en ella, trajo consigo este fatal veneno y lo
comunicó en aquel pueblo: lo cierto es, que desde
entonces esta enfermedad que apareció allí por primera
vez, se comunicó á su campaña, y de allí a la Banda
Occidental del Paraná” (13).
Comienza Gutiérrez Moreno su tesis refiriéndose al
nombre del mal: “Los griegos le llamaron lyssa, los
latinos rabies y recientemente se ha nombrado
hidrofobia. Yo preero el término de rabia al de
hidrofobía que sólo expresa el horror á el agua, pues
aunque es un síntoma frecuente en el hombre se ha visto
también faltar muchas veces, del mismo modo que en los
perros, lobos y otros animales según Sauvages”.
La comunidad médica fue sorprendida por la aparición
de una enfermedad que era desconocida en el Río de la
Plata. Hubo que recurrir a la información procedente de
autores europeos. Uno de esos textos, citado reitera-
damente por Gutiérrez Moreno y que tuvo gran difusión
entre nosotros fue Disertación acerca de la rabia
espontánea o de causa interna del médico francés
Laurent Charles Pierre Le Roux, en su traducción de
1786 por Baldomero Piñero Siles, miembro de la Real
Academia de Madrid (14). Por muchos años la obra de
Le Roux fue una de las más apreciadas sobre la rabia,
premiada por la Sociedad de Medicina de París en 1783
entre varios trabajos que se presentaron para acceder al
premio sobre prevención y tratamiento de la enferme-
dad. Al ser traducida pudo fácilmente ser consultada por
los médicos de habla castellana y en ella debe haber
abrevado Gutiérrez Moreno. En sus páginas se insistió
sobre la importancia de la ingestión de alimentos
irritantes y putrefactos como causa y origen de esta
enfermedad que, por ese entonces era clasificada como
“espontánea o interna“. Tal ingestión que “pervierte los
jugos digestivos” era según Le Roux, la explicación más
probable de la frecuencia de esa enfermedad en los
perros, sin ser necesario inculpar a la falta de
transpiración en los mismos.
El egresado del Colegio de Medicina de Cádiz
Juan Gutiérrez Moreno (1782 - 1850)
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Publicación de la DNSFFAA
El dilema del origen de la rabia “espontánea o
“transmitida fue examinado por Gutiérrez Moreno.
Aceptó la dualidad etiológica de la enfermedad,
concepto que persistió durante todo el siglo XVIII. “Está
suficientemente probado que la rabia procede de un
virus particular recibido por comunicación y capaz de
producir efectos que le son propios; más como para esto
es preciso que haya tenido un origen, la han dividido los
autores en espontánea o genuina y contagiosa o
comunicada. La primera se engendra por sí ó más bien
por una causa desconocida, y la segunda es comunicada
de un animal á otro por medio de la mordedura, o
absorbiendo la saliva en una solución de continuidad”.
Habrá que esperar a los trabajos de Louis Pasteur para
echar por tierra la generacn espontánea de las
enfermedades transmisibles.
Sobre la “rabia espontánea” sigue escribiendo Gutiérrez
Moreno:
Referiré en comprobación de lo dicho un hecho
observado por en el hospital civil de Montevideo [el
Hospital de Caridad] el año de ochocientos veinte. Una
perra de agua del mismo establecimiento tuvo varios
hijos sucesivamente que rabiaban todos al cumplir un
año, ó poco mas, sin que precediese causa conocida al
desarrollo de esta enfermedad y sin que sus padres la
hubiesen padecido”.
Y sobre la “rabia contagiosa”:
“La existencia del virus que se desarrolla por la rabia
espontánea, se comprueba por millares de hechos que
nos refieren las observaciones, y ofrecen la práctica
diaria. Un animal rabioso muerde á otros, y á un tiempo
indeterminado se reproduce la misma enfermedad en
ellos que aquel padecía. Lo frecuente y vulgar de estos
ejemplos me dispensan de citaciones particulares al
mismo tiempo que prueban por ser numerosos la
existencia de un virus que produce la enfermedad
que se cuestiona.
El virus rabioso se trasmite por la baba ó saliva del
animal enfermo en solución de continuidad [herida] y no
como han supuesto algunos por la ingestión de
substancias de animales rabiosos, ó por la absorción
cutánea…. Aún más, se ha dudado si el mismo virus es
capaz de propagarse del hombre á cualquier animal por
la inoculacn; pero el audaz esperimento de Mr.
Magendie y Mr. Bresbet ha terminado la disputa. El 12 de
Junio de 1813, habiendo recogido en un lienzo porción
de saliva de un hombre rabioso en el último estado de la
enfermedad lo inocularon en la piel de dos perros que
para el ensayo conservaban en buena salud, de los
cuales uno rabió el 27 de julio, y mordió a otros dos, y de
estos uno fue víctima de la rabia un mes después”.
La incubación
“Parece que después de absorbido el virus ya sea por
medio de una mordedura, ó por otro accidente de una
solución de continuidad permanece latente por un
tiempo indeterminado, pues aunque sea lo s
frecuente manifestarse en las primeras siete semanas,
se ha observado su desarrollo seis y más meses
después de recibido. Apenas hay profesor a quien no se
frustrasen sus esperanzas considerando su paciente
fuera de peligro, viéndolo al fin del tercer mes sin indicio
de enfermedad, y despertarse ésta por una causa
imprevista al referido periodo”.
Los síntomas: el “horror al agua”. Un caso personal
Una construcción (sic por contracción) espasmódica de
los músculos del pecho, y de la garganta acompañada de
ardor, subsecuente á la mordedura de un animal
rabioso, ordinariamente precedida de inflamación y
dolor en la parte mordida, y acompañada de inquietud,
horror al agua, y abatimiento de espíritu es la
enfermedad que se conoce con el nombre de rabia.
“Confieso sinceramente que el primer desgraciado
poseído de esta enfermedad que se presentó a mi vista
me hirió con la materia del rayo; era un hombre
musculoso de edad media, y algo demente, cuyos
encendidos ojos, mirar extraviado y feroz me hicieron
presentir su estado lamentable, <quiero que me cures,
estoy malo> me decía con la expresión del furor pintado
en su semblante. Hícele traer un poco de agua, y al
momento de acercarla a su vista le atacó una convulsión
espantosa”.
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Los estremecimientos hidrofóbicos
“Los más frecuentes fenómenos que se observan son un
dolor en la cicatriz que entumecida se abre algunas
veces poniéndose roja o lívida. El dolor suele
manifestarse en las partes inmediatas a élla con varios
intérvalos y ordinariamente muchos días antes a la
aparición de la hidrofobia…”.
. . . Se ha dado este nombre [estremecimientos
hidrofóbicos] á fenómenos producidos no solamente por
la intolerable vista de los líquidos, sino también por la
agitación del aire, y por una luz fuerte, cuyo signo es el
principal de la rabia. El enfermo en quien se manifiesta
cruelmente atormentado por la sed, toma el vaso, se
estremece a la vista del líquido, lo aproxima y aleja de su
boca, hace muchas tentativas para beber, pero cuando
el licor toca sus labios arroja el vaso con espanto. Los
ojos se manifiestan brillantes, y el mirar errático; el pecho
agitado de movimientos convulsivos, semejantes á los
que experimentaría el que se arrojase repentinamente al
agua. Tiembla, padece sofocaciones, opresión dolorosa
a la garganta, y convulsiones torácicas, cuya duración es
de algunos segundos.
“Hay enfermos en quienes la más leve impresión del aire
ocasiona la mayor parte de estos efectos, ó accidentes, y
se ha visto alguno arrastrarse por el suelo con objeto de
evitarlo. Poco tiempo después las sofocaciones, los
sollozos, y las convulsiones se renuevan por los sonidos
agudos, los colores vivos…
“La respiración convulsiva mezclando íntimamente las
partículas aéreas con una mocosidad viscosa la arroja
por medio de prontas espiraciones en forma de espuma,
y envuelta en la saliva que á la garganta se adhiere.
Hacia la funesta terminación de la enfermedad, la
expulsión es casi continua, cuando la agonía la
imposibilita, la baba mal expelida por una respiración
estertorosa llena la boca y se derrama por los labios del
hidrófobo muribundo.
“Hay dificultad en la deglución, dolor, ú opresn
indenible, y una suerte de constricciones en la
garganta. Se ha dicho que si la deglución pudiera
hacerse sin la elevación de la faringe se ejecutaria sin
dificultad, añadiendo que se ha conseguido, llevando
artificialmente las substancias alimenticias hasta la
entrada del esófago. Esta dificultad es la que ha
inclinado á muchos médicos á mirar la rabia como una
suerte de angina”.
La evolución
“La rabia guarda siempre una rápida carrera en el último
período; el pecho está oprimido por espasmo violento, la
respiración estertorosa, y á poco rato perdiendo el
enfermo todo conocimiento, la aversión a los líquidos
sesa, la baba espumosa se derrama por los labios y por
último espira en el segundo, tercero ó cuarto día de la
enfermedad y rara vez en el quinto. Esta terminación
parece originada de la asfixia ó sesación primitiva de los
fenómenos respiratorios.
Enfermedades parecidas
“. . . marcaré ligeramente sus caracteres diferenciales
con otras afecciones con quienes se ha querido
comparar. El tétanos no tiene más semejanza con la
enfermedad en cuestión que la de preceder una herida;
alguna más relación tiene con la mordedura de la víbora
por la absorción del veneno pero su carrera, síntomas y
terminación absolutamente varía. La sífilis tiene aún más
semejanza absorviendo é incubando un virus por un
tiempo indefinido”.
Pronóstico
“La gravedad del pronóstico de una herida hecha por
animal rabioso sigue la razón directa de la negligencia
que huvo en aplicar los primeros medios curativos y en
evitar las causas que apresuran o determinan la invasión
de la rabia. Creo pues con Le-Roux, Blay y la generalidad
de los célebres escritores, que aquella enfermedad se
hace superior a los recursos humanos y a los medios de
que actualmente el arte dispone. Cuando la rabia se
declara, cuando aparece el conjunto de síntomas que la
caracteriza, debe esperarse una terminación fatal”.
Hallazgos de autopsia
“La optosís [sic] cadavérica es la parte más imperfecta
de la historia de la rabia. Un escritor asegura lo que otro
niega, y en el conflicto de observaciones opuestas
siguiendo a Mr. Troillet emitiremos lo que parece más
constante y comprobado.
El egresado del Colegio de Medicina de Cádiz
Juan Gutiérrez Moreno (1782 - 1850)
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Publicación de la DNSFFAA
El cerebro no siempre presenta lesión apreciable aunque
alguna vez se observa la pía mater alterada. El pulmón
con frecuencia se halla engurjitado de sangre, y en un
estado que parece próximo al de la inflamación. Mr.
Bourgoise ha creido haber comprobado la ecsistencia
de una inflamación o por lo menos de una inyección
bascular muy pronunciada en las membranas que
envuelven la médula espinal, y Dupuy refiere haberla
hallado reblandecida en algunos animales muertos de
rabia . . . La invación, síntomas y demás fenómenos
enumerados inclinan el ánimo á favor de la opinión, que
establece el aciento de la rabia en el sistema nervioso . .
. de lo que se infiere que la primiitiva causa de aquellos
resultados, no es la inflamación sino las irregulares
exitaciones de los nervios que producen los músculos
faríngeos el espasmo, ó sacudimientos musculares”.
Recursos para el tratamiento
“El tratamiento local se aconseja por todos ya como
profiláctico, o dirijido a correjir la afección cuyo asiento se
supone en la parte mordida . . . Yo creo que el agua pura
es el líquido preferible por tenerse mas pronto y poder
aplicarlo á cualquier órgano sin incomodidad, pudiendo
hacer perder otra preparación un tiempo precioso.
“Varios médicos han preferido a las lociones, las
fricciones suaves con materias grasas y oliosas que han
sido miradas como propias para mezclarse con la baba y
separarla completamente de la herida, a estos linimentos
se han unido algunas materias supurativas ó que se han
creido específicas.
“Con objeto de impedir la absorción del virus y producir
una copiosa supuracion que lo arrastre fuera de la herida
se les ha cubierto de estensos vejigatorios [emplasto o
parche con sustancia irritante como la cantárida, para
provocar ampollas], de unguentos resinosos muy
estimulantes tales como el estoraque accido [bálsamo
espeso que se obtiene por incisiones del árbol del
bálsamo americano]. Y en fin se recomienda mantener la
supuración durante el intervalo de dos meses o más.
“Los dientes del animal rabioso podrán introducir en las
carnes partículas de virus que se sustraigan a las
lociones y aun al fuego mismo sino se pusiesen al
descubierto las partes profundas por insiciones hechas
en cruz o estrella. Esta práctica a más de facilitar la
desengurjitación sanguínea, es un preparatorio a los ya
enumerados, y a la aplicación del fuego o cáustico, pero
todos ellos estan muy distante de inspirar la confianza
que la ablacion de la parte mordida cuando se emplea en
tiempo oportuno.
“La exicion ó amputación es un medio doloroso pero
seguro, y aun más que puede serlo la cauterizacion. Si se
practica á distancia conveniente de la herida quita de un
solo golpe e infaliblemente todo el virus, que puede no
ser destruido con el fuego o los causticos. Así aconseja
Morgagni, Sabatier . . .
“La dificultad de limpiar la herida completamente del
virus que la inficiona sugirió la idea de la amputación é
igualmente la de destruirlo por medio del fuego y los
cáusticos. Los antiguos miraron la aplicación del fuego
como el medio mas poderoso de destruir el virus.
Dioscórides y Celso lo aconsejaron, y Mr. Valentin con
otros muchos lo recomiendan.
“La dificultad de cauterizar el fondo de las heridas, y las
consecuencias que pudieran subseguirse cuando se
practican en órganos importantes han obligado á preferir
los cáusticos potenciales. Estos son menos espantosos
que el hierro enrojecido, y no desprenden humo que
impide ver al operador. Los accidos minerales
concentrados, la piedra de cauterio, las legías
jabonosas, la piedra infernal [nitrato de plata] y oxido
rojo de mercurio han sido puestos en uso sin que falte
alguno que los crea perjudiciales por la iriritación que
producen en la parte. El hidroclorete de antimonio es
preferido á los que acabo de citar, por M. Le-Roux,
Sabatier…
. . . Seguidamente se cubre con un estenso vejigatorio y
al desprendimiento de la escara se introduce en la herida
una porcion de bolas de iris, ó sea raiz de genciana.
Generalmente se emplea un ungüento supurativo o
polvo de cantáridas con el objeto de causar la
inflamación y supuración de la parte, y á medida que las
carnes se renuevan se vuelve a cauterizar repitiendo los
vejigatorios e impidiendo asi la cicatrización hasta los
cuarenta dias.
. . . Cuando hay que temer una enfermedad como la
rabia, preciso es llevar animosamente el hierro
encendido en toda la estencion de la herida pues si
escapa un solo punto á la acción del fuego ó cáustico
nada se ha hecho, y la rabia puede sobrevenir por esta
omisión.
63
Salud Militar 2016; 35(2):54-69
. . . Pero siendo [el hierro encendido] el medio más
seguro que posee el arte para evitar tan atroces
procedimientos creo no debe vacilarse en su aplicación
cuando las probabilidades y demás circunstancias
inspiren fundados temores de que padecía la rabia el
animal que mordió, haciendo uso de ellos por dolorosos
que sean.
“Nada seguro puede esperarse, ni de las fricciones
mercuriales que aconseja Sauvages, ni del amoníaco
que propuso Sages, ni del accido hidroclórico tan
ponderado y desmentido por Bouchet con experimentos
decisivos. También se ha recurrido a la aplicación de
innumerables substancias vegetales y animales con
igual inutilidad que las precedentes, y los medios
empíricos, que la credulidad y desesperación hicieron
inventar.
“Boerhaave y sus sectarios emplearon la sangría . . . la
eficacia de la sangría no está demostrada. El opio,
almizcle, castor, asafétida, veladona, etc. Han sido
empleados en diferentes combinaciones por sus
respectivos partidarios y preconizadores; pero la
esperiencia no ha confirmado los pomposos elogios que
se tributaron á aquellas substancias, y hasta ahora se
carece un hecho experimental que demuestre las
ventajas de su uso.
“Considerando las propiedades ó virtudes de la digital
purpúrea unida á la sangria podrían obtenerse ventajas
muy notables de su uso . . . De aquí la necesidad de usar
la tintura de digital como sedativo de la exaltacion
nerviosa. Esta propiedad le es concedida por todos los
médicos; numerosas observaciones han probado que
esta planta la posee en grado eminente, y en las
palpitaciones espasmódicas del corazón son muy
señaladas las ventajas que se obtienen por su medio”.
Conclusión
“Tales es, señores, lo que me ha enseñado la propia
observación y el estudio de los clásicos sobre la rabia.
Enfermedad espantosa por sus accidentes, difícil de
evitar, falaz en su invasión, rápida en su curso, y de
terminación funesta y horrible”.
Recién en 1885, Louis Pasteur (1822-1895) obtuvo éxito
terapéutico con la inyección de un suero antirábico (15).
Integrante de la Junta y Consejo de Higiene Pública.
La Sociedad de Amigos Médicos de 1831
Finalizada la etapa de la dominación portuguesa por la
Convención Preliminar de Paz (1828), el Gobierno
Provisional del general José Rondeau, caducado el
Protomedicato de la época colonial, creó una Comisión
de Higiene Pública (Decreto del 10 de julio de 1829) que
incorporó la Junta de la Vacuna, y la integró con los
médicos José Previtali, Salvador García Salazar y Juan
Gutiérrez Moreno.
En esta época Gutiérrez Moreno impulsó la creación de
la primera sociedad de médicos, la Sociedad de Amigos
Médicos o Tertulia Médica de 1831 (no confundir con la
Sociedad de Medicina Montevideana, establecida
posteriormente, en 1852). El historiador médico
compatriota Ruben Gorlero Bacigalupi ha señalado que
en el primer número editado de los Anales de la
Sociedad de Medicina Montevideana de 1853 se
menciona el antecedente de 1831, “que reunió bajo su
patrocinio a lo más selecto del cuerpo médico de
entonces, nucleados por la perenne ambición de
aumentar su saber para mayor benecio de la
colectividad” (16). Juan Gutiérrez Moreno presidió
aquella sociedad secundado por sus colegas Pedro
Otamendi, Luis Chousiño y Bernardo Canstatt, a los que
se les unió poco después Fermín Ferreira, que quedó
incorporado como fundador. Nada ha quedado de ella
que se dispersó apenas fundada, excepto la
documentación de dos reuniones: la fundacional y la que
dio cuenta del reglamento. El historiador médico Velarde
Pérez Fontana las transcribió (17):
“Acta 1
Celebrada en la Ciudad de Montevideo y a la fundación é
instalación de una Sociedad de Medicina.
En la ciudad de Montevideo á los veintiocho días del mes
de junio octavo cristiano mil ochocientos treinta y uno.
Reunidos á las cuatro horas de la tarde los SSres. Dn.
Juan Gutierrez Moreno, D. Pedro Otamendi, D. Bernardo
Cansttat y D. Luis Chousiño, profesores de Medicina y
Cirugía: Tomó la palabra el Sr. Gutierrez y dijo Señores:
El egresado del Colegio de Medicina de Cádiz
Juan Gutiérrez Moreno (1782 - 1850)
64
Publicación de la DNSFFAA
el objeto de esta reunión para la que nos hemos
convenido es el de que formemos una especie de
tertulia, en la que solo se trate de asuntos puramente
médicos; pues en esto nos reporta muchas ventajas, y
entre ellas la unión de facultativos conocidos pr. tales de
un modo fraternal y el de ilustrarnos recíprocamente con
nuestras luces difundiéndolas amistosamente en la
inte l igen c ia q . n uestr a s o pinio n es queda r án
concentradas en el seno de la pura amistad y para
conseguir semejante objeto soy de parecer q. pues
estamos juntos, acordemos hoy mismo las bases q.
sirvan pa. seguir nuestras tareas y cada uno pueda
observar lo q. crea necesario”.
A propuesta del Dr. Chousiño se nombraron sus primeras
autoridades (presidente el Dr. Gutiérrez Moreno) y se
propuso redactar un reglamento que se encargó al
mismo Dr. Chousiño. El doce de julio, en nueva reunión,
se leyó el proyecto de Reglamento de la Sociedad de
Amigos Médicos fundada en esta ciudad de Montevideo
y Capital de la República Oriental del Uruguay (sic) con
ocho capítulos y cincuenta y cinco artículos, que fue
aprobado por todos los presentes (cuatro médicos).
Como hemos dicho, la sociedad no prosperó más allá de
estas dos reuniones.
Bajo el siguiente Gobierno, provisoriato del Brigadier
General Juan Antonio Lavalleja se organizó una Junta de
Higiene para el control de la higiene pública, ejercicio de
la medicina y sus ramas anexas (decreto del 16 de
setiembre de 1830). Se organizó con tres médicos y un
farmacéutico. Época de cambios, con el advenimiento
del primer presidente constitucional, brigadier general
Fructuoso Rivera (electo en octubre de 1830) hubo
nueva integración cambiándole el nombre a Consejo de
Higiene (octubre de 1831). Lo integró con Juan Gutiérrez
Moreno, Fermín Ferreira, Pedro Otamendi y José Pedro
de Oliveira. En 1834 Gutiérrez Moreno, como presidente
del Consejo propuso el tema que el médico oriental
Teodoro Miguel Vilarde deb exponer ante sus
colegas reunidos en tribunal para revalidar sus títulos e
incorporarse como miembro del organismo en
sustitución de Oliveira, renunciante. El tema que eligió
Gutiérrez Moreno fue Cólera morbus que Vilardebó
expuso con brillantez durante dos horas (18).
El 10 de enero de 1835, se promulgó por el presidente
interino Carlos Anaya un extenso Reglamento de Policía
Sanitaria que incluía una Junta Médica General, de
escasa vida. En efecto, el médico José Pedro de Oliveira,
en los acontecimientos que se han llamado “Guerras
Médicas”, atacó desde la prensa a los integrantes de esa
Junta por motivos personales, calificándolos como Mr.
Bahía (alusión a Fermín Ferreira, nacido en esa ciudad),
Mr. Ronda (Gutiérrez Moreno, también por su lugar de
nacimiento), Trigo con sus lazos de piola (¿Otamendi?) y
el partero con sus uñas (¿Vilardebó?). Así se trataban los
médicos en aquella época…
Destitución por Oribe
Bajo el gobierno del brigadier general Manuel Oribe (1 de
marzo 1835 24 octubre 1838), segundo presidente
constitucional del Uruguay, atento a las profundas
desavenencias entre los médicos y lo impracticable de
aquel extenso Reglamento en las condiciones políticas
de un país bajo amenaza de guerra civil, reorganizó la
Junta de Higiene Pública prescindiendo de sus
integrantes, ya desintegrado el organismo por renuncia
de Vilardebó y Otamendi en 1834. Una nueva Junta de
Higiene Pública (decreto del 15 de enero de 1836) fue
implantada dependiente del Ministerio de Gobierno. Sus
integrantes médicos fueron Ferreira como Cirujano
Mayor del Ejército; Vilardebó, como Médico de Sanidad
de Puertos; y nuevamente Gutiérrez Moreno como
Médico de Policía.
A fines de 1838 se produjo la renuncia del presidente
Oribe. No sabemos exactamente qué pasó entre éste y
Gutiérrez Moreno, pero consta que el dico fue
destituido por Oribe de sus cargos públicos. Tal lo que se
desprende del decreto firmado por Fructuoso Rivera
apenas asumida su segunda presidencia de la República
(1 de noviembre de 1838):
“Montevideo, Diciembre 7 de 1838.
El General en Jefe del Ejército Constitucional.
De conformidad con mi decreto del 20 de Noviembre
último, en desagravio de los derechos torpemente
atropellados por la tiránica administración que
descendió, y tributando á los buenos y antiguos servicios
del Doctor D. Juan Gutiérrez Moreno la consideración
que merecen, he acordado y decreto:
Artículo 1º: Queda restituido en el ejercicio de sus
funciones el Médico de Policía y Administrador General
de la Vacuna, el Doctor D. Juan Gutiérrez Moreno.
2º: Considéresele en el desempeño de ellos sin
intermisión, y con los goces de la ley desde que la fuerza
lo separó de esos destinos.
3ª: Comuníquese, publíquese y dese al Registro.
Rivera. Santiago Vázquez. Enrique Martínez” (19).
Una nueva Junta, llamada ahora Junta de Higiene
Pública del Estado inició sus actividades en 1839 con
cuatro facultativos de relieve, Teodoro Miguel Vilardebó
(factótum de la redacción de su reglamento y quien lo
presidió), Juan Gutiérrez Moreno, Fermín Ferreira y
Ramón Casiano Ellauri.
Una de sus primeras disposiciones, a instancias de
Vilardebó fue crear un Registro de Títulos, pues como
diría el médico Adolphe Brunel en sus “Apuntes sobre
Higiene (1860) “en Montevideo es médico el que quiere,
el diploma no tiene importancia”. Fermín Ferreira, el
primero, registró el título que hubo obtenido en la
Universidad de Buenos Aires en 1829 (Acta 1, 16
enero 1839) y Gutiérrez Moreno exhibió tres diplomas,
Cádiz, Buenos Aires y Tribunal de Medicina de la misma
ciudad (Acta 34, 25 febrero 1839).
Un peritaje médicolegal en 1847
En la mañana del 2 de octubre de 1847, en pleno sitio de
Montevideo, Ramona Pérez, joven esposa de José
Domingo Cortés, fue encontrada por éste muerta en el
lecho matrimonial presentando una herida en el cráneo
por disparo de arma de fuego.
Enterada la justicia surgió de inmediato la duda del móvil
de la muerte; ¿era un suicidio o un homicidio bajo
apariencia de suicidio? El esposo fue sospechado como
autor de la muerte y se le sometió a juicio criminal.
Durante la instrucción judicial se desarrollaron peritajes
médico legales.
El proceso judicial tuvo amplia repercusión en la prensa.
El periódico montevideano “El Comercio del Plata” en
sus ediciones del 23 al 26 de noviembre de 1847
(números 630 a 633) bajo el título “Causa criminal
seguida para la averiguación de la muerte de la Sra. D.
Ramona Pérez de Cortés ocurrida en la noche del 1 al 2
de octubre del año corriente”. El conocimiento de este
interesante caso judicial lo debo al doctor Fernando
Mañé Garzón, a cuya biblioteca perteneció la colección
de ese periódico. Y que así me lo hizo conocer en misiva
del 25 de enero de 1994:
“Estimado amigo:
¿Será otra perla? Estoy en estos momentos dando forma
definitiva a una biografía de Henrique Muñoz (1820-
1860) que me ha dado numerosas sorpresas en insólitos
hallazgos.
No es la menor ni la más sosa la referente a la muerte
violenta (balazo en la cabeza) de Ramona Pérez (una de
las hijas de Antonio Pérez), acaecida en su propia cama
el de octubre de 1847, inculpándose a su marido José
Ramón Cortés, militar español, de haberla asesinado.
El primer reconocimiento lo hicieron Juan Gutiérrez
Moreno, Patricio Ramos y Henrique Muñoz. Otra
autopsia fue realizada en el Hospital de Caridad por
Bartolomé Odicini y otros”
Lo comunicado por Mañé Garn era por des
interesante y merecía profundizar.
Ninguna de las juntas médicas pudo arribar a una
conclusión sobre el móvil de la muerte, sugiriendo
reconstruir los hechos a lo que el fiscal accedió.
La reconstrucción del hecho violento era un medio de
prueba conocido y empleado habitualmente por la
jurisprudencia hispana. Actualmente es también un
medio de prueba. Lo que hubo despertado la inquietud
del doctor Mañé Garzón fue la insólita reconstrucción
que se llevó a cabo en la cama donde se había producido
la muerte de Ramona Pérez:
“Se trasladó al lugar del hecho un cadáver, se le puso en
la misma cama, en la misma posición, con las mismas
ropas y se le disparó un balazo con la misma arma y en el
mismo lugar del cráneo, lo que les permitió concluir que
la mano ejecutora había sido otra que la de la víctima.
¿Qué me dice Ud. de este procedimiento?.
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El egresado del Colegio de Medicina de Cádiz
Juan Gutiérrez Moreno (1782 - 1850)
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Publicación de la DNSFFAA
¿Es un procedimiento descrito, tiene antecedentes
fundados, se ha practicado aquí desde cuándo y hasta
cuándo?”.
Gutiérrez Moreno participó como médico de policía en el
primer peritaje, una autopsia parcial en la mesa del
dormitorio, pero sin abrir la caja craneana. Fue sólo una
inspección de la herida seguida de una incisión a bisturí
en ambas regiones temporales. La entrada del proyectil
fue consignado en la sien derecha, bajo forma circular
con 6 milímetros de diámetro. Rodeando el orificio
describieron el “cutis algo quemado por la pólvora”, lo
que indicaba la existencia de un “tatuaje” por humo y
pólvora, y algo equimosiado (sic), deformación
gramatical de “equimosis”, una hemorragia subcutánea.
No describieron chamuscamiento de cabellos o signos
de quemadura; tampoco efecto explosivo en la herida, lo
que hubiera permitido presumir un contacto estrecho
entre la boca del arma y la piel.
Dado que con seguridad el proyectil había viajado a
través del cerebro, los médicos dirigieron su atención al
área temporal izquierda. No encontraron allí orificio
alguno. La incisión y rebatimiento de la piel mostró un
astillamiento del hueso temporal en su porción
escamosa; retirados los fragmentos se encontró la bala.
Una masa de plomo redonda y maciza que había
atravesado el cerebro, perforado la duramadre, rebotado
contra la cara interna del hueso temporal, astillándolo,
pero sin salir de la caja craneana.
El resto del reconocimiento cadavérico no mostró
señales de otras violencias. Una hemorragia del párpado
superior izquierdo, que los médicos describieron fue
certeramente señalada como fenómeno que se
presenta en heridas de esta especie” (sangre infiltrada
por el techo de la órbita en el párpado superior).
Se examinó la bala (esfera de plomo de media onza de
peso, 14 ½ gramos). Ésta debía introducirse, luego de la
carga de pólvora negra, por la boca del arma (avancarga)
ayudándose con la presión por un vástago (baqueta) y
golpes con una maceta, para que quedara bien ajustada
al ánima de la pistola. La longitud total del arma (pistola
de un caño) era de 12 pulgadas (30 cm), bastante
llamativa para ser abocada al cráneo por una mano
suicida. El maestro armero que la examinó dijo que tenía
potentes resortes, lo que exigía una fuerte presión sobre
la cola del disparador.
La ropa del señor Cortés, esposo de la occisa fue
examinada, recurriéndose a los oficios del perito químico
José María Cantilo, un diplomado farmaceútico de
Buenos Aires. Nada de interés reveló.
Interrogados los médicos sobre el móvil de la muerte
respondieron no poder discriminar si se trataba de un
suicidio o un homicidio. Fue entonces que el fiscal, doctor
Vicente Fidel López pidió la segunda junta de peritos.
Pero en ella no intervino Gutiérrez Moreno. Fue en
ocasión de este segundo peritaje que se realizó la
reconstrucción con un cadáver del Hospital de Caridad
que moti la sorpresa del doctor Mañé Garn.
Nosotros estudiamos el caso y le respondimos. El
interesado en ese singular peritaje podrá consultar el
trabajo publicado en la Sociedad Uruguaya de Historia
de la Medicina (20).
Muerte de Juan Gutiérrez Moreno
Durante la Guerra Grande Gutiérrez Moreno presidió la
Junta de Higiene nada menos que por cinco años (1842-
1849), abandonándola seguramente enfermo pues
morirá al iniciarse el año 1850. Le sustituyó Fermín
Ferreira, también hasta su muerte (1867).
Por la confusión que existe en la denominación y fechas
de esas instituciones vinculadas a la higiene pública, se
detalla un listado tentativo cronológico (21):
a) Etapa colonial
1) Junta de Sanidad [de Puertos], decreto del
Gobernador de Montevideo, 09/02/1804 y 11/02/1804
b) Época Independiente
2) Comisión Conservadora de la Vacuna, decreto del
Gobernador Provisorio Jo Rondeau y J.F. Giró,
15/05/1829.
3) Comisión de Higiene Pública, decreto de Fructuoso
Rivera, 10/10/1829, primer cuerpo legal con
superintendencia en todos los asuntos relativos a la
higiene pública, anexando la Comisión Conservadora de
la Vacuna (Junta de la Vacuna).
4) Decretos reguladores del ejercicio profesional relativo
a la salud (médicos y farmacéuticos), 30/07/1830 y
12/08/1830
5) Consejo de Higiene Pública, decreto de Juan A.
Lavalleja y J. F. Giró, 16/09/1830 y modificación del
27/10/1830
6) Reglamento de Policía Sanitaria, aprobación
legislativa del 10/11/1832; previó el cese del Consejo de
Higiene Pública sustituyéndolo por una Junta Médica
General.
7) Se disuelve el Consejo de Higiene Pública por
desmembramiento, 27/11/1834
8) Entra en vigencia la Junta Médica General, decreto del
10/01/35
Fig.4 Partida de defuncion (Gualeguaychú, 9 de febrero de 1850)
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El egresado del Colegio de Medicina de Cádiz
Juan Gutiérrez Moreno (1782 - 1850)
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Publicación de la DNSFFAA
9) Junta de Higiene Pública, dependencia del Ministerio
de Gobierno, decreto de Manuel Oribe y B. Llambí,
15/01/1836; presidente general José Rondeau
10) Reglamento de Policía Sanitaria (2ª redacción) y
Junta de Higiene Pública (reformulación), decreto
02/06/1838; redactor y presidente doctor Teodoro Miguel
Vilardebó; primera organización con funcionamiento
efectivo y dilatado; anexó la Junta de Sanidad de Puertos
de Montevideo y Maldonado
11) Comisión de Salubridad; decreto del 19/05/1857
(vida efímera, en tanto duró la epidemia de fiebre
amarilla)
12) Comisión de Salubridad (2ª), decreto del 18/09/1868
13) Reglamento de Policía Sanitaria (3ª redacción);
decreto del 23/01/1873; crea nuevamente el Consejo de
Higiene Pública en sustitución de la Junta
14) Reglamento de Policía Sanitaria y Sanidad Marítima
(4ª redacción); decreto de Máximo Santos y Carlos de
Castro del 08/08/1883.
El 4 de setiembre de 1849, el Gobernador de Entre Ríos,
Justo José de Urquiza le escribió que aceptaba
complacido recibirlo en su Provincia. Enfermo, a los 68
años y con 40 de ejercicio médico en su patria de
adopción, Gutiérrez Moreno allí fue a morir y allí fue
sepultado según constancia expedida por el Cura Vicario
de la Parroquia de Gualeguaychú, el 9 de febrero de
1850.
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