
58
Publicación de la DNSFFAA
Según los documentos conocidos, los primeros perros
llegados al Río de la Plata de origen europeo hispánico,
habrían sido desembarcados en puerto de San Lázaro,
topónimo hoy inexistente y que estaría en el actual
territorio del Departamento de Colonia, Uruguay. La
noticia consta en la carta de Luis Ramírez, uno de los
expedicionarios que acompañaron a Sebastián Gaboto y
que quedaron en aquel puerto entre el 6 de abril y el 28 de
agosto de 1527. Pasaron – dice Ramírez - “enfenitos
trabajos de hambre… de dos perros que allí teníamos
nos convino matar uno y comerle” (8).
Dice Natalio Abel Vadell que es muy difícil determinar,
con los datos existentes, cuando aparecieron por
primera vez los perros cimarrones en la campaña del Río
de la Plata, pero no hay duda que ello ha sido en épocas
muy lejanas, haciéndose más terrible los efectos de la
plaga en las últimas décadas del siglo XVII. Se ha tratado
al parecer de perros domésticos que por abandono de
sus dueños o por otra circunstancia desconocida para
nosotros han vuelto al estado salvaje favorecidos en
ambas márgenes del río histórico por una naturaleza
pródiga de alimentos para un hambre devoradora, y de
escondrijos y rincones que los ponían a cubierto de todo
peligro inmediato. Han tenido esos perros la audacia y la
ferocidad de los lobos europeos y hasta se cuenta de
ellos que en las domas de potros rodeaban a los jinetes
dispuestos a devorarlos si tenían la poca suerte de caer
de su cabalgadura. Mezcla de distintas razas, no han
formado estos perros una especie determinada, y la
única clasificación que de ellos hicieron los hombres de
su época fue la de grandes y chicos, necesaria para fijar
el precio de sus colas, pues se procuraba su exterminio
con el interés de una ganancia que se establecía por
aquellas” (9). Félix de Azara se refirió a “perros
domésticos transportados desde España” (10).
La agresividad de esos animales era mucha. El abate
Louis Feuillée recuerda, según Aníbal Barrios Pintos en
su “Journal des Observations Phisiques, Mathematiques
et Botaniques” que en noviembre de 1778, un marinero
que cargaba un ternerito recién capturado para alimento,
se vio rodeado de una banda de perros salvajes, que le
habrían devorado si tan felizmente para él, sus
compañeros llegaran oportunamente y los corrieran a
golpes de fusil.
El virus rábico encontró terreno fértil para anidarse en
esas jaurías salvajes. El asunto mereció medidas
drásticas. Según Barrios Pintos, el gobernador de
Montevideo, Javier de Elío emitió un bando el 2 de
noviembre de 1807, imponiendo a los Comandantes
militares, Alcaldes y Jueces Comisionados de la Banda
Oriental del Río Uruguay, que “desde el 18 inclusive de
dicho mes se efectuará una corrida general de perros en
cada partido que ha de durar continuamente los días
necesarios hasta concluir perfectamente la operación a
la que ha de concurrir sin falta….” (10). Se imponía
además la concurrencia de los vecinos hacendados con
sus negros, peones y demás individuos que tuviere en su
casa o estancia, los pulperos costeando cada uno cuatro
peones montados y lo mismo todo aquel que se
encuentre “de agregado”. El motivo era la expansión de
la epidemia de rabia, y que según el mismo bando “de
sus resultas han muerto en ella rabiando ocho personas
y algunos animales mordidos por aquellos”.
En 1815, el Presbítero oriental Dámaso Larrañaga, en
viaje de Montevideo a Paysandú hizo referencia por dos
veces en su Diario a la rabia, a los perros salvajes y al
origen de la enfermedad (11). “Nuestro mayor cuidado
[al acostarse en el suelo] era atar bien los cueros que
servían de parapeto, ya no tanto por el frío cuanto por
temor de los perros rabiosos de que por nuestra
desgracia hay muchos en esta campaña y acaban de
matar uno en este mismo día que vino a los ranchos. Esta
plaga la experimentamos desde la guerra última de los
ingleses”. Los vecinos le advirtieron de los muchos
perros rabiosos en la comarca. El propio Larrañaga vio
dos perros muertos en dos postas diferentes, y decidió
ilustrar a sus hospederos con algunos métodos de
tratamiento del mal, que seguramente había extraído de
sus lecturas. “Inmediatamente que se sintiesen
mordidos, tratasen de dilacerar la herida, cuidando de no
dejarla cerrar, auxiliándose de algún cáustico, aunque
fuese con un hierro caldeado, pues ésta es la única e
infalible medicina para la hidrofobia o rabia. También les
hablé de algunas yerbas que recomienda últimamente el
señor Cavanilles en sus Anales”