
Publicación de la D.N.S.FF.AA.
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Vilardebó (en Montevideo, 1818), con la que pro-
creó diez hijos más.
Cuesta suponer que don Miguel Antonio haya pa-
decido de algún mal invalidante...
Sobre los retratos post-mortem
Los retratos post mortem tuvieron un propósito
especíco: perpetuar en el recuerdo la imagen del
ancestro retratado. Fue una práctica limitada a la
alta burguesía rioplatense (hasta la segunda mitad
del siglo XIX) por razones obvias, entre las cua-
les el costo de la obra fue dominante. No existen
para esa época retratos en las clases populares.
En general fueron óleos de tamaño mediano para
ser colgados en la sala y exhibidos a la familia y
a las visitas, un souvenir para la sociabilidad y el
salón. Pero el retrato post mortem de don Miguel
Antonio Vilardebó constituye una excepción, pues
lo plasmado dista de ser una imagen amable. Más
bien, si no despierta rechazo al menos provoca
interrogantes.
Inmediato a la muerte, la rapidez con que apa-
recen los fenómenos que llevan a la destrucción
del cadáver obligaba a una práctica “de urgencia”
para la reproducción del rostro por el artista. El
resto del cuerpo del personaje se conservaba
oculto tras las ropas y fuera del cuadro. Las fac-
ciones son la “tarjeta de presentación” y se cons-
tituyen en el desvelo del pintor para lograr una
buena imagen, casi como era en vida. Por eso los
bustos son dominantes.
El aspecto del cadáver que se mostraba al artista
cambiaba rápidamente en horas, dependiendo de
la causa de la muerte, su rapidez o prolongada
agonía y obvias condiciones climáticas. Muy gráco
fue en 1888 el médico argentino José María Ramos
Mejía al prologar el estudio sobre “La cremación
en América y particularmente en la Argentina”,
obra de su colega José Penna (Buenos Aires, El
Censor, 1889) con reexiones de este tenor que
destruyen la imagen romántica del cuerpo de un
muerto:
“imaginémonos por un momento un cuerpo
en putrefacción, azul, verde, lívido, amarillo el ros-
tro y las carnes de los miembros deformados y
Monárquico fervoroso, defensor de la plaza duran-
te la invasión británica, le tocó el doloroso encar-
go de asistir a la evacuación de las tropas espa-
ñolas de Montevideo en 1815, dando n a la domi-
nación colonial. No obstante, juró la Constitución
de 1830, prestando todavía servicios como ciu-
dadano legal a la naciente República Oriental.
Acosado durante el sitio de Montevideo iniciado
por el depuesto presidente constitucional, briga-
dier general Manuel Oribe en 1843, hipotecó y
malvendió sus propiedades antes de serles con-
scadas por el gobierno de la Defensa. Salvó su
estancia en el límite entre Paysandú y Río Negro,
administrada por uno de sus hijos, lo que le permi-
tió sobrevivir en el exilio con su familia en Buenos
Aires. Allí desembarcó en diciembre de 1843 y
auxiliado por sus amigos y agentes comerciales,
se refugió en una quinta de los alrededores. En-
fermo, poco tiempo sobrevivió y murió “víctima
principalmente de una enfermedad de origen car-
díaco el 15 de mayo de 1844” (4). Tenía 71 años.
Ninguna enfermedad, malestar o accidente se
describió antes del exilio bonaerense a nes
de 1843. Parece haber gozado de plena salud,
manteniéndose vigoroso y activo. Al punto de
desarrollar múltiples actividades en el comercio,
en la administración colonial (y en la posterior
República), participando como defensor durante
la invasión británica (estuvo preso en uno de los
baluartes), soportado las inclemencias de la re-
volución oriental y los dos sitios de Montevideo,
con sus epidemias y hambruna; dirigiendo el pri-
mer hospital civil de la ciudad en la dominación
lusobrasileña e instalando su primera imprenta.
Su primogénito, Teodoro Miguel, médico de nota
que incluso viajó con él al Brasil no se rerió a
enfermedad de su padre y nunca le proporcionó
tratamientos. Sus principales biógrafos (aparte
del citado bisnieto Jorge Soler Vilardebó) no re-
rieron patología alguna de Miguel Antonio (9,10).
Tuvo dos matrimonios: el primero con la montevi-
deana María Martina Matuliche (casó en Buenos
Aires, 1799) con la que tuvo seis hijos. Fallecida
ésta a los 27 años en 1814, casó (luego de dispen-
sa eclesiástica) con su sobrina María del Carmen