
Los ligamentos normales son tejidos conjuntivos ricos en
agua (70%) y en colágeno (25%). La elastina y la
fibronectina representan el 5% de estos elementos
conjuntivos, y desempeñan una función de sostén para
los fibrocitos. Tras una lesión ligamentosa, el tejido
conjuntivo se vuelve más rico en agua y en fibronectina
mientras que la cantidad de colágeno disminuye, lo que
modifica sus propiedades mecánicas iniciales. Según la
zona en la que se produzcan, se distinguen las lesiones
intersticiales del cuerpo y las lesiones de la unión en la
inserción de los ligamentos. Las primeras son debidas a
traumatismos a baja velocidad, mientras que las lesiones
de la unión son más frecuentes en los traumatismos a
gran velocidad (1).
El LCA es el ligamento que se daña con mayor frecuencia
en la rodilla. La lesión causa dolor, derrame e inflamación
que lleva a la incapacidad de activar completamente los
músculos del muslo. La recuperación del control
muscular es esencial si el individuo desea regresar al
nivel de función anterior a la lesión (2).
Entre los criterios de mayor relevancia en los cuales
basarse para el reintegro a la actividad deportiva luego
de la reconstrucción del LCA, se encuentran el rango de
movimiento de la rodilla, la fortaleza del músculo
cuádriceps, y el desempeño en los test funcionales. La
evidencia científica establece que dicho reintegro no
ocurre antes de los nueve meses post-cirugía aun
siguiendo los protocolos de rehabilitación (2); y aún a
tasas más bajas de las deseadas, habiendo autores que
han reportado reintegros a los 12 meses post-cirugía
entre 33% a 92 % (3).
La rehabilitación tras la reconstrucción del LCA ha
experimentado cambios muy importantes en las últimas
décadas a raíz de los nuevos conocimientos científicos y
observaciones clínicas, que han permitido desarrollar
protocolos más agresivos para acelerar el proceso de
rehabilitación. No obstante, su objetivo básico sigue
siendo el mismo: conseguir el mismo nivel de actividad
funcional pre-lesional.
Para ello hemos de conseguir una recuperación óptima
del balance articular, fuerza, propiocepción y estabilidad,
que permitan un funcionalismo normal de la rodilla. Estos
objetivos se han de conseguir cumpliendo dos preceptos
fundamentales:
‐ Protección de la plastia para permitir su correcta
integración (“ligamentización”).
‐ Minimizar las complicaciones.
Los protocolos acelerados han demostrado disminuir
notablemente estas últimas, en comparación con los
clásicos programas de rehabilitación caracterizados por
largos períodos de inmovilización, y cinesiterapia de
refuerzo muscular muy paulatina. Los primeros siguen
ciertos principios básicos:
‐ Control del dolor, del derrame y del edema.
‐ Movilización y carga precoz de la extremidad.
‐ Cinesiterapia específica que no produzca excesivas
tensiones en la plastia.
‐ Ejercicios en cadena cinética cerrada.
‐ Reeducación neuromuscular propioceptiva.
‐ Reincorporación rápida a la práctica deportiva / activi-
dades de la vida diaria.
Es aceptado científicamente que el proceso de
“ligamentización” pasa por cuatro fases: una inicial de
necrosis avascular en la que disminuyen la densidad
celular y la vascularización local; una segunda fase de
revascularización que se inicia con la formación de una
neomembrana sinovial y sigue con la vascularización
intrínseca; una tercera fase de proliferación celular, en la
que se produce un incremento entre el segundo al cuarto
mes del número de fibroblastos y se mantiene hasta el
final del primer año; y una fase final de remodelación del
colágeno donde disminuye la celularidad y la vascu-
larización y se produce una maduración del colágeno (4).
Según algunos autores, el injerto es viable a partir de la
tercera semana, lo que permite la implementación de
protocolos acelerados (5).
Los protocolos de rehabilitación deben respetar estos
principios biológicos y biomecánicos a la hora de
programar cada una de las fases del programa de
reeducación.
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Publicación de la DNSFFAA